Una rentabilidad insolente

EDICIÓN DICIEMBRE 2018 | N°234

EVASIÓN DE LAS MULTINACIONALES EN LOS PAÍSES DEL SUR

Por Léonce Ndikumana

Al igual que Apple, las multinacionales han afinado sus técnicas de evasión fiscal. El problema es más agudo en los países del Sur, a menudo despojados de sus recursos naturales y excluidos de las discusiones internacionales sobre la fiscalidad de las empresas.

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En el nuevo orden mundial, las multinacionales poseen un inmenso poder económico y ejercen una influencia política decisiva. La falta de coordinación entre los regímenes fiscales de los Estados les permite minimizar sus obligaciones tributarias, a menudo en detrimento de los países donde operan. Un regalo del cielo incrementado todavía por los paraísos fiscales –como Irlanda– y los centros financieros offshore (1) –como las Bermudas–, que permiten disimular los movimientos de fondos transfronterizos así como la identidad de los jefes de empresa y de los particulares que los aprovechan. En el sistema actual, el peso del impuesto, por lo tanto, cae de manera desproporcionada sobre el único factor de producción incapaz de “libre circulación”: la mano de obra.

 Ricos pero pobres

Por otra parte, una dificultad corrompe la arquitectura política mundial. Mientras que los clubes elitistas como el G20 avanzan de manera espectacular, las instituciones que tienen un funcionamiento no exclusivo –como las Naciones Unidas– pierden su prestigio. Semejante sistema produce importantes conflictos de intereses: los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) supuestamente luchan contra la evasión fiscal practicada por las multinacionales, pero también (y a menudo ante todo) pretenden favorecer la competitividad de sus empresas. Grandes perdedores en el fenómeno de escamoteo fiscal, por lo tanto, los países en vías de desarrollo no participan en las discusiones sobre las medidas destinadas a ponerle remedio.

Ya es hora de imaginar una nueva manera de funcionar porque, para los países en vías de desarrollo, los ingresos del impuesto sobre la renta de las sociedades representan una gran parte de los ingresos fiscales totales. Este impuesto es en ocasiones su única manera de sacar provecho de las actividades de las multinacionales que operan en su territorio, ya que lo esencial de los ingresos de esas empresas en general es repatriado con premura. Sin contar que las inversiones extranjeras ligadas a la explotación de los recursos naturales –la gran mayoría– crean pocos empleos y generan pocas secuelas para las economías nacionales. Resultan mucho más generosas en términos de perjuicios ambientales…

En tales condiciones, por no tener control de la producción o no recibir un monto suficiente del impuesto sobre la renta, muchos países ricos en recursos naturales ostentan ingresos fiscales irrisorios. Primer productor de petróleo y primera potencia económica del continente africano, Nigeria tiene un ratio ingresos fiscales/producto interno bruto (PIB) inferior a 8%, contra el 33% para Francia, el 26% para Sudáfrica y el 19% para Kenia (2). A los Estados en vías de desarrollo les costará mucho trabajo poner a punto estrategias de crecimiento y garantizar su financiamiento si no pueden incrementar los montos que recaudan; una situación que les impide emanciparse de la ayuda exterior.

No es raro que tales consideraciones susciten reprobación. La objeción más frecuente es: un aumento del impuesto sobre la renta castigaría a esos países, porque desalentaría a los inversores extranjeros o transferiría la presión fiscal a los empleados de las sociedades a las que se aplique el aumento. No obstante, existen pocos elementos que respalden esa hipótesis. En cambio, todo ayuda para resaltar la insolente rentabilidad de las multinacionales, en particular aquellas que se especializan en la extracción y los servicios. El argumento según el cual esas empresas juntarían sus petates (¿para ir a dónde?) si se les pidiera que paguen impuestos más justos, ¿es en verdad realista? Por el contrario, un sistema impositivo eficaz y equitativo contribuiría a crear un entorno propicio para la actividad económica en los países en vías de desarrollo: haría más previsible el sistema fiscal, un factor importante para tomar decisiones de inversiones racionales. Sin hablar del hecho de que grandes grupos que pagaran sus impuestos mejorarían su imagen, a menudo degradada.

En 2016, sacando partido de su emplazamiento estratégico en Irlanda, en los Países Bajos y en las Bermudas, Google logró evitar el pago de impuestos por tres mil setecientos millones de dólares (3). Esa práctica es facilitada por las disparidades de los regímenes fiscales y por el hecho de que las filiales de multinacionales son consideradas como entidades distintas, que por lo tanto pueden ser gravadas en forma independiente unas de otras. Establecer un sistema que beneficie a los países anfitriones y a las empresas implica reformar el sistema actual estableciendo una base fiscal común a todos los Estados. La primera etapa consistiría en abandonar el principio de separación de las entidades jurídicas y en establecer el impuesto sobre los beneficios realizados por la empresa a escala mundial. Evidentemente, mientras las reglas fiscales internacionales actuales permitan escapar al impuesto de manera legal, ninguna sociedad adoptará sola ese nuevo régimen. En un segundo tiempo, una vez definido ese monto, el impuesto que incumbe a cada territorio donde opere la empresa podría ser determinado por distribución proporcional basándose en los indicadores de medida de la actividad económica que ejerza en él la empresa, sobre todo las ventas, los empleos y los activos. A este respecto, es posible inspirarse en los sistemas fiscales federales instaurados en Estados Unidos y en Canadá desde hace muchos años.

Nadie ignora que la introducción de un sistema de imposición unitario con distribución proporcional a escala mundial plantea grandes desafíos de orden práctico, comenzando por la creación de un marco institucional que permita compensar las desigualdades en la redistribución de los impuestos entre los países. Semejante proyecto referente al conjunto del planeta podría –y sin dudas debería– ser encarado en foros donde todo los países estén representados en un pie de igualdad. Los países en vías de desarrollo no pueden contentarse con observar esas discusiones desde las gradas de las salas donde se reúnen los poderosos; deben participar en ellas en concepto de asociados con todas sus ventajas y derechos, en un proceso orquestado por instituciones mundiales no exclusivas como las Naciones Unidas.

 NOTAS AL PIE:

1. Los paraísos fiscales y los centros financieros offshore (CFO) tienen en común un sistema fiscal débil o nulo y un entorno reglamentario favorable a la evasión fiscal, con una supervisión limitada y una divulgación mínima de la información. Los CFO se caracterizan por una industria de los servicios financieros de tamaño desproporcionado respecto de la economía nacional.

2. “Collecting Taxes Database”, USAID, Washington, DC.

3. Nick Statt, “Google still exploiting tax loopholes to shelter billions in overseas ad revenue”, The Verge, Nueva York, 2 de enero de 2018.

 *Profesor de economía y director del programa de política de desarrollo de África en el Instituto de investigación económica de la Universidad de Massachusetts en Amherst; miembro de la Comisión independiente para la reforma del impuesto internacional sobre la renta.

 TRADUCCIÓN: Víctor Goldstein

https://www.eldiplo.org/234-paz-social-a-la-fuerza/una-rentabilidad-insolente/

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